Mar de Copas estrena su quinta producción discográfica 

Fuegos artificiales 

LIMA. ¿En la repetición está el gusto? Pues para Mar de Copas parece que sí. Sólo así se explica que la emblemática banda local haya preferido recurrir a los archiconocidos artificios melódicos que caracterizan su propuesta, antes que reinventarse a sí misma o arriesgarse a dar un paso al vacío en su quinto disco: Si algo así como el amor está en el aire (2004). 
De saque, el primer sencillo promocional de la placa (“Balada de un encuentro fugaz”) repite el mejunje rítmico que conocemos: base cadenciosa, guitarras distorsionadas y letra sentimentalona. Una propuesta que oímos con anterioridad en temas espléndidos, debido a su mayor frescura y solvencia, como son “Al pasar de las horas” o ”Suna”. 

Pero estos temas son historia -gloriosa por cierto- como los goles de Cubillas o la epopeya del Huascar. Y el grupo, al parecer, aún no asimila esta realidad. Lo suyo se ha reducido a fugaces destellos en el sendero lúgubre que ha recorrido en el último lustro, proclives a la medianía musical que exhiben con inusual descaro e influye sobre los diez tracks del disco. 

Basta mencionar el tema que da nombre a la producción. O siendo más optimistas, “Amor de verano”, la única canción escrita por “Wicho”. O la balada a dos tiempos “Vuelve conmigo”; sin duda, lo mejor del trabajo. Aunque ninguna de ellas termina por cuajar ni contribuir a la consistencia del producto final. A la larga, sólo resultan una triste aproximación a las mejores épocas de MDC. 

¿Excusas? Quizá el poco tiempo de grabación: apenas cuatro meses en el estudio limeño Villa Ruby. ¿Culpables? Quizá Manolo Barrios, guitarrista e integrante predilecto de las féminas ‘marcoperas’, quien interviene de modo determinante en la composición de la mayoría de canciones, a excepción de “Desconocida”, que hilvanó de cabo a rabo el bajista César Zamallóa. 

Pero sea quien fuere el responsable de la performance, queda claro que siempre existe una explicación “razonable”. Es la que pretende ofrecer “Wicho”, vocalista y líder del sexteto, pues considera que su propuesta refleja una opción válida. Coherente. Respetable. Al parecer, la duda ofende. Asegura que siempre será más complicado crear composiciones “sencillas, contundentes y rápidas”. 

En estos tiempos, de innovaciones permanentes y abrumadora presencia tecnológica, la propuesta de la agrupación podría tomarse como un respiro. Una vía de evasión. Sólo podría. De la eficaz muestra de vanguardia –en discos como III o Suna– no queda casi nada. Menos de la banda de culto, que rehuye el peso de la fama pero que siempre envía sus videos a MTV. 

A fin de cuentas, paradojas que poco importan a quienes formamos su legión de seguidores. Tan proclives a encontrar vivencias o heridas del pasado en sus temas repetitivos. Y felices de que esa extraña mezcla de cebolla con chicle de menta aún nos conmueva, mediante el coro de baladitas melosas como “Vuelve conmigo”, que de cuando en cuando pululan en nuestra mente: “Corazón donde estarás / te vi andar tan lejos…” (ÓSCAR TORRES CANALES)

 
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